Son las 19.35 de la tarde, hoy es lunes y toca tomar otro ibuprofeno porque la cabeza parece ser que tiene ganas de estallar. Estoy en mi última semana de exámenes, y la semana pasada prácticamente no descansé. Tocó domingo, lunes y martes de gritos en el primero hasta las 2 de la mañana mínimo. Escuchar cómo a voces de la cocina al salón los vecinos del primero se pedían los roscos o picos (también se incluye la discusión de cómo se denomina este comestible en los distintos lugares de la geografía andaluza), las empanadillas, ensaladillas y otros varios que constituían el menú nocturno. Tras levantarme a la hora que podía tras haber descansado unas horas, la música de los vecinos del segundo amenizaba el sonido hueco de los tapones de hasta 35 dB que compré en la farmacia (el máximo protector contra el ruido que he conseguido encontrar). Exámenes, tensión y llegar a casa derrotada para volver a tener una discusión muy amena con el vecino del segundo porque considera que nosotros le estamos imponiendo una serie de normas exageradas, arbitrarias y poco consideradas hacia su modo de vida desde que llegaron a vivir en este edificio. Normas que consistían en disminuir el nivel de graves del subbuffer del ordenador desde el que ponen la música para que la casa no vibre con los bajos dado que la construcción del edificio consta de estructura metálica. Pues bien, tras un fin de semana más o menos tranquilo esta tarde me despierto de repente de la siesta con el estrépito del techo crujiendo sobre mi cabeza. 17.20 de la tarde. De 4 a 6 personas en la azotea ensayan una tragedia (estudiantes de arte dramático acompañados por Eli, una de las vecinas del piso 1º) de la que he podido incluso aprenderme una de las frases "fíate de los muertos después de haber matado a tu madre". Intento en valde ponerme a estudiar porque el estruendo no deja lugar a la concentración. Y decido tomar un té sin teina (no un café que pone más de los nervios), que me de el aire un rato y reintentarlo. Varias veces, en vano. En varias ocasiones hemos hablado ya con esta vecina para decirle que lo que más molesta son los golpes en el suelo de la azotea, pero debe ser que tiene amnesia selectiva. Estando en el balcón que da a la calle se han producido conversaciones a gritos entre los que estaban en la azotea y gente en el primer piso de la escuela y gente que estaba en la calle. E incluso con gente que estaba en el piso 1º. Como es natural, no todo van a ser ensayos serios, sino bromas, zapateos, gritos, risas, etc... que no han cesado hasta las 19.15, momento en que la gente ha empezado a bajar y subir por la escalera metálica, como si se tratara de una manada de caballos. Hasta ahora. La verdad es que durante esas dos horas he tenido ganas de salir y gritar como una arrabalera lo que pensaba, y decir con educación que si bien no hay norma acústica que limite el ruido en esas horas de la tarde existe una norma básica de convivencia que es no molestar a los demás, y con más delito si es a sabiendas. El caso es que aunque esas ganas me invadieran, no lo he hecho, porque se que a otra persona puede molestarle que en público se le llame la atención y también soy consciente de que es maleducado gritar para hablar de un piso a otro. Ya son casi las 8, pues bien, esa ha sido mi tarde. Y esos son mis vecinos.